UN ORIGEN MUY ANTIGUO
Al viajero que hacia el 4.000 a.C., a través del Sahara remontara el valle medio del Nilo hacia el delta por la península del Sinaí pretendiera llegar hasta Irak, el Irán y el valle del Indo, un mundo nuevo se le ofrecería a sus atónitos ojos, muy distinto del que presentaba la anterior rudeza paleolítica.
A ambas orillas de los cursos de agua se levantarían las poblaciones compuestas por casas con muros de adobe o de ramajes llenos de arcilla. Sus moradores mostrarían orgullosos los últimos vegetales conocidos sembrados mediante un palo o con una especie de azadón y pronto con un rudimentario arado de madera con reja de piedra para ayudarse a la hora de la siega con hoces primitivas también de madera, provistas de una ranura ocupada por hojitas de sílex.
Después vería almacenar las mieses en una especie de silos formados por unas fosas excavadas en el suelo y recubiertas de mimbre. Al acercarse la hora del ágape cotidiano, invitarían al huésped a presenciar la trituración de los granos de trigo, cebada, centeno o avena con ayuda de molinos compuestos por una piedra fija y otra móvil colocada encima. La harina así obtenida, mezclada con salvado, serviría para preparar unas gachas o bien para fabricar pan que tomaba la forma de tortas redondas y delgadas y luego se cocían sobre piedras calentadas en un primitivo fogón. Junto a la comida se bebería una especie de cerveza, procedente del pan de escanda ligeramente tostado y luego desmigajado, la levadura utilizada sería silvestre, a base de miel derivada del polen de las más diversas flores, mediante el trabajo de innumerables abejas.
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